La historia de Temple

Mapa de El Dominio
Mapa del mundo conocido: El Dominio, las Tierras Salvajes y los Feudos de Sudernia. Año 32 DH (Del Hacedor)

Era de la Victoria: Años 1 a 744

Los días de El Pacto

Antes de que El Dominio tomase el poder y rigiera el destino de los pueblos, el mundo conocido fue gobernado durante siglos por un equilibrio​ de fuerzas entre dos facciones: El Cetro y El Yunque. Ambas agrupaciones se turnaban pacíficamente la gestión del gobierno tras el paso de cinco inviernos, ejerciendo un sistema de relevo de poderes conocido como El Pacto. Sus verdaderos orígenes nacen de la alianza que forjaron los pueblos meridionales para expulsar a los Invasores de Sudernia, una guerra que culminó con la victoria de los aliados y dio comienzo a la Era de la Victoria.

A pesar de sus épicos orígenes, siempre existieron grandes diferencias entre las facciones que gobernaban El Pacto. Las políticas de El Cetro buscaban alcanzar la prosperidad a través de la magia y el misticismo, y estaba formado por un Consejo de siete grandes Invocadores, Maestros Taumaturgos de las siete disciplinas místicas. Por el contrario, El Yunque estaba liderado por tres Hacedores, Grandes Maestros forjadores y cartógrafos que buscaban la prosperidad a través de la exploración y extracción de recursos. Estas sendas tan opuestas entre si fueron detonante de infinidad de disputas a lo largo de la vigencia de El Pacto, no obstante, este sistema de gobierno logró otorgar fuerza y estabilidad a los pueblos, haciendo perdurar la paz y prosperidad durante siglos.

En estos tiempos de crecimiento y esplendor la región de Dikosia se erigió como bastión del saber alquímico. El pueblo pesquero de Grajos pasó a ser el principal puerto comercial y punto partida de las exploraciones del Mar Dormido. Los caminos por fin cruzaron el Gran Bosque de Bregor. La solitaria región sureña de Ichnar se convirtió en el principal pueblo agrícola. Los salvajes nórdicos estrecharon lazos con el sur a través del comercio y la minería. Y finalizaron las excavaciones del Paso de Estidia, un gran túnel bajo la cordillera de el Espinazo de Veredia que facilitaría la exploración de las tierras del este. Todos estos avances fueron dirigidos desde La Ciudadela, ciudad-fortaleza que se convirtió en la gran capital de El Pacto.

Era de la Victoria: Año 737

El hallazgo de El Yunque

Durante siglos, las áridas extensiones del Baldío Rocoso en el este fueron objetivo de las campañas mineras de El Yunque. Esas tierras ricas en hierro y carbón aprovisionaron de recursos a los pueblos desde tiempos inmemoriales, pero con el paso de los años la total explotación de sus yacimientos obligaron a trasladar los campamentos más allá del este conocido, adentrándose en tierras no exploradas.

Las prospecciones que El Yunque llevó a cabo en estos parajes fueron un completo éxito, encontrando cuantiosos yacimientos de recursos en el interior de un gran cañón. Para llevar a cabo las extracciones, El Yunque levantó una auténtica fortaleza minera al norte del Baldío Rocoso, el campamento de Taladon, supervisado y gestionado por uno de sus líderes, el Hacedor Natazteck. Este asentamiento se erigió para garantizar el aprovisionamiento ininterrumpido de recursos durante años, pero un inesperado giro de los acontecimientos cambiaría su destino para siempre. Todo comenzó con un misterioso hallazgo que perturbó el avance de las explotaciones de El Yunque.

No hay datos concretos sobre la extracción del artefacto, solo que fue encontrado por un trío de mineros veteranos. El hallazgo se trataba de un primitivo cofre de piedra con extraños grabados, que escondía en su interior un orbe negro no más grande que un yelmo, macizo, pero a la vez liviano como un pergamino. Un misterioso cuerpo esférico que emitía vibraciones constantes. El artefacto fue llevado ante el Hacedor Natazteck en Taladon, que lo puso en manos de sus mejores geologos para obtener información sobre sus composición y procedencia.

Desde que el orbe atravesó las puertas del campamento, Taladon se vio azotada por una serie de oscuras desdichas. Las gigantescas grúas se desplomaban sobre las excavaciones, el polvorín del campamento saltó por los aires y decenas de mineros desertaron presa del miedo. Los Hacedores, desconcertados, atribuyeron estos males a la presencia del orbe en el campamento. Sus geologos no fueron capaces de dar respuestas sobre el orbe, solo lograron identificar el material de su contenedor, Roca Sangrante de los confines inexplorados del este, más allá de la Llanura Carmesí. La imposibilidad de controlar la situación, hizo que Natazteck ordenara enterrar de nuevo el artefacto donde fue encontrado y trasladar el grueso de sus excavaciones a las Cuencas del Hierro del norte, lejos del cañón.

Era de la Victoria: Año 739

El Orbe de Volzhum

Aunque El Yunque hizo todo lo posible por mantener oculto su hallazgo, los agentes de El Cetro no tardaron en conocer los intrigantes sucesos de Taladon. A una sola estación de que cambiara el gobierno de El Pacto, los Invocadores de El Cetro manifestaron a los Hacedores su intención de recuperar el artefacto para su estudio, tras recriminarles no haber recurrido a sus saberes para examinarlo. Pero El Yunque se mantuvo inamovible y se opuso duramente, definiendo al orbe como un artefacto maldito y peligroso.

Esta situación dio lugar a un conflicto que comenzó a hacer mella entre ambas facciones, debilitando los lazos que mantenían El Pacto unido. Por ello, el relevo de poderes se resolvió entre un sin fin de disputas que tambalearon los cimientos de La Ciudadela. Pero la ley de El Pacto era implacable, el mandato residía en la facción gobernante y la postura de El Yunque perdió su vigencia tras el relevo de poderes. Ahora El Cetro tenía vía libre para recuperar el orbe y proceder a su estudio, misión que los Invocadores no tardaron en ordenar.

El Cetro no tardó en recuperar el artefacto y encomendar su estudio a uno de los altos miembros de su Consejo, el Invocador Weör Volzhum, maestro empoderador y Gran Alquimista de Dikosia. Volzhum se desplazó a Taladon junto a sus agentes para iniciar las investigaciones. Allí mantuvo un fuerte choque con el Hacedor Natazteck, que aún era el responsable del campamento y se oponía con firmeza a acoger el orbe de nuevo entre sus muros. El Cetro cedió con un gesto amistoso, atendiendo las demandas del Hacedor para no agravar el conflicto y mantener la estabilidad de El Pacto. Los Invocadores ordenaron a Volzhum iniciar sus estudios lejos de Taladon, en el mismo cañón donde se halló el artefacto, que empezó a ser conocido como el Orbe de Volzhum. Para ello, El Cetro levantó su propio campamento en las inmediaciones de la excavación, donde finalmente el Invocador Volzhum y su séquito iniciaron sus investigaciones.

Era de la Victoria: Año 741

El choque del norte

El paso de las estaciones menguó livianamente las tensiones generadas por el resurgir del orbe, pero otro tipo de disputas surgieron entre Hacedores e Invocadores a raíz de la inacción del gobierno. El Cetro prestaba toda su atención a la investigación de Volzhum, esperando respuestas, mientras desatendía las verdaderas necesidades del pueblo. La inquietud se apoderó de los Invocadores, que veían pasar las estaciones sin obtener respuestas de su enviado.

Fue en estos días de incertidumbre cuando estalló el llamado choque del norte, un nuevo capítulo del largo conflicto territorial entre los Clanes SalvajesRostropartido y Garrablanca. En el pasado, El Pacto logró reconciliar a los clanes a través del comercio y la minería, e incluso integró a parte de sus comunidades en las poblaciones del sur. Medidas que siempre transcurrieron bajo mandato de El Yunque, que velaba por mantener el orden entre los salvajes para extender sus campañas mineras por el norte. En cambio, El Cetro siempre mostró indiferencia ante la integración de los salvajes, a los que veían inferiores y carentes de toda sabiduría. Pero en esta ocasión, al ser los responsables del gobierno los Invocadores debían ejecutar un posicionamiento sobre el conflicto.

Tras un consejo de deliberación, los Invocadores decidieron no intervenir en el estallido. El Cetro alegó que los salvajes nunca formaron parte de los pueblos de El Pacto, solo eran comunidades extranjeras a las que se les había permitido el comercio. Esta dura decisión hizo estallar a los Hacedores de El Yunque, que decidieron abandonar La Ciudadela en señal de repulsa y trasladarse a Taladon, territorio del Hacedor Natazteck. De esta manera, El Yunque rompió los pocos lazos que aún mantenían con El Cetro. Ya solo volverían a La Ciudadela cuando el próximo relevo de poderes les concediera el gobierno.

Sin la mediación de El Pacto, los clanes salvajes no tardaron en entrar en guerra. El Cetro anuló las rutas comerciales nórdicas para evitar choques con el conflicto, mientras que El Yunque se movilizó a las Tierras Salvajes en un intento de salvar del conflicto sus campamentos y explotaciones mineras.

Revelaciones en el este

Mientras El Pacto dirigía su mirada al conflicto bélico del norte, las estaciones pasaban y las investigaciones del Invocador Volzhum no daban sus frutos. Las presiones y demandas del resto de Invocadores, junto a las precarias condiciones de trabajo y aislamiento, empezaron a hacer mella en Wëor Volzhum y su séquito. Las misteriosas fuerzas que emanaban del orbe parecían ser indescifrables.

La situación en aquel inhóspito cañón empeoró cuando los acólitos de Volzhum comenzaron a cuestionar su labor y decidieron enviar un mensajero a La Ciudadela para exigir su reemplazo. Este acto de traición, junto al agotamiento por el constante fracaso hicieron estallar la cólera del Invocador, que tras una violenta discusión con sus acólitos desató su poder sobre ellos hasta acabar con sus vidas. Tras la matanza, el orbe emitió vibraciones más intensas que nunca, como si respondiera ante toda aquella muerte y devastación. Esta misteriosa erupción de poder sacudió violentamente todo el campamento, dañando seriamente su estructura y haciendo temblar las escarpadas paredes aquel cañón.

Al cabo de unos días, el mensaje de los acólitos de Volzhum llegó a La Ciudadela. El Cetro se mostró muy decepcionado con el informe y no tardó en reunir a su Consejo para tomar una decisión. Finalmente, enviarían al este a dos miembros del mismísimo Consejo para relevar a Volzhum. El Invocador Sidias, Gran Elementalista de Orjem, y la Invocadora Valdisse, Gran Ocultista de Al’Kaross. Una medida que fraccionó aún más el Consejo de Invocadores y que desatendía nuevamente las labores de gobierno. Esta crisis creciente tampoco fue atendida por El Yunque, movilizado en el norte para salvar sus minas de la guerra, que se había recrudecido al alcanzar los pies de El Coloso, la mayor montaña de las Tierras Salvajes.

Era de la Victoria: Año 742

La apertura de La Grieta

El conflicto de los salvaje hizo que el viaje de los enviados de El Cetro pasara desapercibido. Los Invocadores y su séquito alcanzaron el campamento de Volzhum sin levantar sospechas. A su llegada, Sidias y Valdisse se encontraron un panorama desolador. El campamento se caía a pedazos, los cadáveres de los acólitos asesinados yacían por el suelo y un enloquecido Volzhum murmuraba con el orbe entre sus brazos. Pero lo que realmente intrigó a los recién llegados fue los extraños cristales purpura que aparecieron esparcidos por la zona. Los Invocadores se hicieron con el control del campamento, apresando a Volzhum y arrebatándole el artefacto. Éste no opuso resistencia y no parecía ser el mismo, algo lo dejó en estado catatónico. 

Tras los primeros contactos con el orbe, el Invocador Sidias no podía ocultar su fascinación, ansiaba conocer su fuente de poder y fantaseaba con dominarla. Por el contrario, Valdisse se mostró más interesada en los misteriosos cristales purpura, concretamente en sus inscripciones. Aún siendo maestra del saber rúnico, la Invocadora se veía incapaz de desvelar estos grabados. Por otro lado, Volzhum también fue interrogado por sus ahora carceleros, que deseaban conocer todo lo que había descubierto sobre el orbe, el trastornado Invocador no dio respuesta alguna.

Con el paso de los días, el abultado séquito de los Invocadores reconstruyó el campamento, se deshizo de los acólitos asesinados y desplegó sus enseres para la investigación. Mientras que Sidias seguía centrado en el artefacto, la falta de avances hizo que Valdisse enfocara sus encuentros con Volzhum de forma diferente. Estaba convencida de que las respuestas a sus preguntas se encontraban en algún rincón de la trastornada mente del Invocador. Al caer la décima noche desde su llegada Valdisse irrumpió sigilosamente en la celda de Volzhum, con el orbe entre sus manos, en un intento de hacerle recordar y conocer los secretos que ocultaba en su maltrecha mente.

Lo que en los días presentes todos los pueblos conocen como la apertura de La Grieta, tuvo su origen aquella misma noche. Poco ha trascendido sobre lo ocurrido en el campamento instantes previos a la apertura, pero sin dudas, los Invocadores de El Cetro fueron los responsables. Esa noche un estruendo aterrador sacudió las tierras del este, sintiéndose desde Taladon hasta los yermos de Estidia, iluminando el cielo nocturno y alterando los vientos. Esa noche, el Orbe de Volzhum trajo consigo a la mayor amenaza jamás conocida, desde el inicio de las eras…

La caída de Taladon

El estruendo originado en el campamento de Volzhum se sintió en todas las poblaciones al este del Espinazo de Veredia. El Yunque, que permanecía reunido en Taladon para coordinar sus campañas en Tierras Salvajes, formó una escuadra de reconocimiento y marchó al amanecer hacia el cañón en busca de respuestas. El Hacedor Natazteck, líder de la incursión, se temía lo peor al saber que se dirigía al lugar en donde El Cetro estudiaba el orbe. 

Al alcanzar el cañón, El Yunque presenció un acontecimiento perturbador. No había rastro alguno del campamento del Invocador, y en su lugar, se alzaba un agujero colosal de fuerzas desconocidas, desgarrando y cubriendo el cielo de luz purpura. Los Hacedores observaron la presencia de un cuerpo esférico flotando en el centro de la vorágine, el maldito Orbe de Volzhum. El abismo que más tarde todos los pueblos conocerían como La Grieta, había irrumpido en el mundo.

Al descender por la ladera del cañón, los Hacedores no encontraron rastro alguno de los miembros de El Cetro mientras se aproximaban al colosal agujero. Fue entonces cuando llegaron ellos, los seres que cambiarían el destino de los pueblos para siempre. Oleadas enteras de estas bestias sanguinarias, Demonios, irrumpieron en el cañón a través de La Grieta, atacando a la escuadra de El Yunque frenéticamente. Sorprendidos y superados, las fuerzas de El Yunque rompieron su formación y huyeron despavoridamente hacia Taladon. Los Hacedores fueron perseguidos y asaltados, esos seres podían alcanzarlos incluso a caballo, abalanzándose sobre ellos como una jauría de lobos hambrientos. La pérdida de vidas fue cuantiosa, los Hacedores Creum y Joltyss entre ellos. Ahora todo el liderazgo de El Yunque residía en el último Hacedor, Natazteck, que tras cruzar las puertas de Taladon hizo lo imposible por resistir y contener a los Demonios. Tras dos horas de incesante asedio, las maltrechas puertas del campamento cedieron. En los últimos momentos, el Hacedor Natazteck logró escapar por la red de túneles mineros junto a unos pocos miembros de El Yunque, salvándose de la terrible matanza.

Tras la caída de Taladon, el Hacedor Natazteck buscó cobijo en el principal bastión de El Yunque, la ciudad fortaleza de Estidia, al sur del Baldío Rocoso. Este emplazamiento, que administraba el ahora fallecido Hacedor Creum, albergaba la prisión más importante de El Pacto. Sus gruesos muros podrían resistir el embate demoníaco, pero las mermadas fuerzas de El Yunque eran insuficientes para defenderla. Por ello, el Hacedor Natazteck se vio obligado a enviar un mensajero a La Ciudadela, informando sobre los hechos del este y reclamando la ayuda del ejército de El Pacto.

El Alzamiento de los Martillos

Mientras el este era azotado por las huestes demoníacas, los Invocadores de La Ciudadela esperaban noticias de sus enviados, cuando recibieron el mensaje de Natazteck desde Estidia. A este terrible testimonio también se unieron informes de exploradores de Minaseca, que habían sido emboscados por seres desconocidos en las proximidades de Taladon. Llevado por la incertidumbre y ante tal falta de respuestas, El Cetro ordenó reunir al ejército de El Pacto en la capital, incluyendo las reservas que servían como guarnición en las poblaciones cercanas.

En el este, los supervivientes de El Yunque permanecían aislados en Estidia sin recibir noticias de La Ciudadela, cuando sufrieron el embate de los primeros Demonios que alcanzaron el sur. Las bestias no podían penetrar los poderosos muros de ciudad-prisión, pero se sirvieron de su endemoniada agilidad para escalarlos, convirtiéndolos en una escalera hacia el corazón de la fortaleza. Al verse superado, el Hacedor Natazteck se vio obligado a tomar una decisión desesperada, liberar y armar a todos los presos de Estidia para resistir la ofensiva. También envió mensajeros a los principales pueblos de El Pacto, pidiendo la ayuda a todo hombre, mujer y joven que pudiera empuñar un arma. Si un bastión como Estidia caía, ninguna otra ciudad podría resistir la ofensiva de los seres de La Grieta, salvo La Ciudadela.

Al paso de tres días bajo incesante asedio, los Demonios lograron atravesar los muros de Estidia y hacerse con el control del patio de armas, acorralando a los defensores en el interior del torreón principal. Pero cuando los exhaustos combatientes ya habían perdido toda esperanza, oleadas de aldeanos de todas las regiones de El Pacto, armados con picos, martillos y lanzas, llegaron a la fortaleza para unirse a la batalla. Hombres y mujeres libres, sin disciplina militar pero unidos y valientes, lograron frenar el avance demoníaco sobre Estidia en una hazaña que la historia recordaría como el Alzamiento de los Martillos.

Tras la liberación de Estidia el Hacedor Natazteck condujo a las masas alzadas hacia La Grieta. En su marcha, sus fuerzas se reforzaron con habitantes de las poblaciones del oeste, como Mercadia, Niluba y Dikosia, que a pesar de mantener lazos históricos con El Cetro, se unieron al alzamiento tras ver como el gobierno de La Ciudadela había vaciado sus guarniciones. Al alcanzar las laderas del Cañón del Este, los alzados contemplaron como el Orbe de Volzhum se erigía flotando sobre la vorágine, manteniéndola abierta mientras escupía Demonios al mundo. A sus pies, un enjambre de estas bestias aguardaban.  

Los alzados cargaron hacia el interior del cañón desde todos los flancos, iniciando la Batalla de La Grieta. En el fragor de la contienda, un joven pero fornido guerrero sureño rompió la formación y corrió decididamente hacia el Orbe, sorteando a Demonios descomunales que podrían haberlo aplastado fácilmente. El audaz guerrero se impulsó sobre uno de sus enemigos y se abalanzó sobre el artefacto, agarrándolo con fuerza e interrumpiendo su enlace con La Grieta. Este joven era Gregor Tamarant, un humilde herrero de Ichnar que se convertiría en el gran héroe de la batalla. Al romper la cadena entre el Orbe y la apertura, La Grieta colapsó a los pocos segundos, engullendo todo a su alrededor y dejando su huella en aquel cañón con una gigantesca explosión. Los Demonios que aún seguían con vida huyeron despavoridamente, y el joven Tamarant, herido de gravedad tras lograr escapar al colapso, afirmó que el artefacto fue engullido por la vorágine. El Alzamiento de los Martillos había puesto fin a la mayor amenaza conocida por los pueblos de El Pacto.

Era de la Victoria: Año 744

La ascensión del Dominio

Tras el colapso de La Grieta, el Hacedor Natazteck convocó a los principales cabecillas del Alzamiento de los Martillos en Estidia. Los alzados acordaron con firmeza no celebrar victoria alguna hasta poner fin al gobierno de El Cetro, responsables de la apertura de La Grieta y del azote de los pueblos del este. El último Hacedor marchó sobre La Ciudadela en busca de justicia, apoyado por las masas alzadas.

Cuando las huestes del Alzamiento de los Martillos alcanzaron las puertas de la capital, los Invocadores permanecieron impasibles ante ellos. Los muros más poderosos del mundo les daban cobijo y la Ley de El Pacto respaldaba su derecho al gobierno. Además contaban con la presencia del ejército, que permanecía apostado en las defensas de la gran capital esperando órdenes. En aquellos momentos de incertidumbre, el Comandante Dragurus, al mando de la guarnición de La Ciudadela, contempló como miles de aldeanos harapientos se alzaban victoriosos ante ellos. Hombres, mujeres, ancianos y jóvenes; armados con herramientas de labranza oxidadas, habían puesto fin a la mayor amenaza conocida desde la Invasión Sudernia, mientras que sus tropas llenaban sus estómagos y dormían en los mejores lechos de la capital. Ante tal deshonra y sintiéndose como un arma de El Cetro contra su propio pueblo, Dragurus ordenó abrir las puertas de La Ciudadela contra todo pronóstico.

Los alzados irrumpieron enérgicamente en la ciudad. Los confiados Invocadores de El Cetro y su séquito fueron incapaces de escapar a tiempo, convirtiéndose en presa fácil de las enfurecidas masas. Los alzados no esperaron juicios ni sentencias, ejecutaron allí mismo a los miembros de El Cetro a base de golpes, tajos y puñaladas. Tras esta purga y la entrega de armas del ejército ante su pueblo, el Hacedor Natazteck fue aclamado por las masas y se erigió ante todos como único gobernante legítimo. El Pacto había muerto y un nuevo orden había resurgido de sus cenizas: El Dominio.

Para mantener a salvo a los pueblos del legado de El Cetro y los Demonios errantes que aún campaban por el territorio, el Hacedor Natazteck impuso la denominada Ley del Dominio. Esta ley restringía el estudio de la magia y designaba la protección del pueblo a tres grandes castas: los Alguaciles, encargados de mantener el nuevo orden establecido en todas las regiones; los Inquisidores, ejecutores fieles al Hacedor que podían emplear la magia para erradicar todo resquicio de El Cetro y de los Demonios supervivientes al colapso de La Grieta; y los Pretores, altos magistrados de La Ciudadela que juzgarían a los criminales y disidentes. Con esta nueva legislación, los héroes del Alzamiento de los Martillos fueron recompensados, como el joven Gregor Tamarant, que fue nombrado Alguacil de Ichnar, su región.

Este nuevo orden consolidado en La Ciudadela bajo el liderazgo del Hacedor Natazteck, también levantó altos torreones de vigilancia en los cuatro puntos cardinales para custodiar los límites de El Dominio, los llamados Ojos del Hacedor. Los días de El Pacto quedaron atrás, El Cetro y La Grieta habían traído nuevas amenazas que aún acechaban entre las sombras, y solo la unidad que trajo consigo El Dominio podría frenarlas…

Era de El Hacedor: Año 32

El Sanatorio de Ichnar

Los ciudadanos de El Dominio aún sufren las consecuencias de la apertura de La Grieta, la fosa abismal que trajo consigo a las huestes demoníacas y que asoló los pueblos del este décadas atrás. Los taumaturgos de El Cetro, responsables de su apertura, fueron perseguidos y ajusticiados tras el colapso de La Grieta. Pero no todos sus agentes fueron detenidos y juzgados…

Tras años de recuperación, los pueblos han rehecho sus vidas en el nuevo régimen, bajo la guía y protección de su gobernante, el Hacedor, que sigue inmerso en la búsqueda y ejecución de los exiliados de El Cetro. Es en estos días aciagos, cuando la humilde región agrícola de Ichnar se ve azotada por extraños acontecimientos.

Una densa neblina hace el aire irrespirable, las cosechas se han perdido, las aves caen desplomadas y decenas de familias han desaparecido en extrañas circunstancias sin dejar rastro. Los aterrorizados habitantes de Ichnar dirigen sus miradas al Sanatorio abandonado de la región, viejo bastión de El Cetro, que tras ser clausurado por El Dominio años atrás, sus antorchas vuelven a prender misteriosamente.

El veterano de guerra Gregor Tamarant, uno de los héroes que combatió los horrores de La Grieta, ejerce sus últimos días de servicio como Alguacil de Ichnar. Tras tomar unos apuntes en su diario de guardia, reúne a sus hombres y pone rumbo hacia el Sanatorio en busca de respuestas…

Enemigos

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Trampas

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